Baterías SmartPhones

En casa del herrero ¿cuchara de palo?

¿Cuántas veces hemos pensado en adquirir un teléfono y lo primero que hemos hecho ha sido interesarnos por la duración de la batería? O… ¿cuántas veces hemos comprado un smartphone y hemos preferido diseño, potencia, prestaciones y novedad a… quedarnos sin batería en un abrir y cerrar de ojos? ¿Sois de los que al adquirir un iPhone compráis protector de pantalla, bumper y batería extra, o lo primero junto a una carcasa con batería incorporada?¿Cuántos no salís de casa sin llevar encima el alimentador? Más de uno se habrá visto en la situación: “Me pone dos cafés con sacarina, un vaso de agua, el periódico, la clave del WIFI, y… ¿podría indicarme dónde tienen un enchufe para cargar el teléfono, por favor?”. Está claro que los famosos cafés de 0,80€ no incluían tantas prestaciones.

Pese a que los teléfonos y las tabletas son cada vez más potentes, las baterías que los alimentan no han mejorado en la misma proporción, y es lo que nos cuentan en el artículo de ABC- Tecnología sobre el “atasco” en estas posibles mejoras.

David Díaz, especialista de producto y responsable de las cuentas técnicas de LG Electronics en España, matiza esa percepción: «No es del todo cierto. Hace tres años las baterías que se montaban en los móviles eran como mucho de 1.000 mAh, ahora los teléfonos de gama alta, como el G-Flex, cuentan con baterías de 3.500 mAh que te permiten usar el teléfono prácticamente durante dos días sin cargarlo. Han mejorado muchísimo».

Quizá, entonces, el problema radique en que la tecnología de iones de litio, en la que actualmente se basan las baterías de los dispositivos móviles, es incapaz de asumir la demanda, cada vez mayor, del usuario. Por eso, de un tiempo a esta parte, fabricantes y laboratorios tratan de dar respuesta a esa necesidad. Y las soluciones vienen por dos vías distintas: las que buscan mejorar la forma en la que se recargan y las que, experimentando con nuevos materiales, caminan hacia otro tipo de baterías.

En ese primer campo, uno de los desarrollos más prometedores es el que la «startup» israelí StoreDot anunció la pasada semana: un cargador capaz de poner a punto un Samsung Galaxy S4, cuyo sucesor acaba de llegar a España,en apenas 30 segundos. La compañía llama a la tecnología Nanodot pero el avance tiene truco, ya que el cargador requiere de una batería compatible con la nueva tecnología, basada en un nuevo compuesto bio-orgánico de nanocristales. Las propiedades eléctricas de esta sustancia son las que permiten cargar la batería a dicha velocidad. Sin embargo, dos de los grandes inconvenientes son que aún tardarán un año en alcanzar la capacidad de las baterías actuales y que los cargadores, además de ser muy voluminosos, son el doble de caros.

Más original, sin duda, es la propuesta de dos investigadores de la Universidad de Texas, que están apostando por la energía eólica para cargar los móviles. Los ingenieros han desarrollado unos micro-molinos de viento, diez veces más pequeños que un grano de arroz y la idea consistiría en integrar una suerte de micro parque eólico con cientos de ellos en la carcasa del móvil, lo que permitiría recargar la batería agitando el teléfono al aire o colocándolo delante de una ventana. En lo que respecta al desarrollo de nuevas baterías, existen infinidad de trabajos, si bien la gran mayoría son poco más que promesas. Sin ir más lejos, Apple patentó hace dos años un sistema basado en el hidrógeno que podría proporcionar hasta dos semanas de autonomía y que, además, daría pie a unos teléfonos algo más ligeros. Desde entonces apenas se ha mostrado nada.

Toshiba, por su parte, lleva más de cinco años desarrollando una pila de combustible basada en el alcohol, más concretamente en metanol. La tecnología goza de grandes ventajas. Así, con un cartucho de unos 70 centímetros cúbicos, un usuario podría trabajar con un PC durante 5 horas. Por no hablar de las ventajas de la recarga, ya que bastaría con rellenar el depósito, como en un coche.

Sin embargo, la naturaleza inflamable del metanol parece estar dificultando su aprobación de cara a la comercialización de estas baterías. Un inconveniente del que se olvida la Universidad Virginia Tech, que desarrolla una batería basada en el azúcar. Desde la universidad aseguran que sería capaz de almacenar hasta diez veces más energía que las pilas actuales, es más barata, más fácil de recargar -añade azúcar y listo-, biodegradable y mucho menos contaminante. Los resultados del trabajo podrían llegar al consumidor en tres años.

Hace unos meses también se hizo muy conocido el trabajo del Laboratorio de Robótica de la Universidad de Bristol. ¿Por qué? Desarrollaron un sistema que lograba convertir la orina en electricidad y con ella conseguían cargar un teléfono móvil. La solución, escatológica a la par que ingeniosa, impresionó tanto en los círculos científicos que hasta la Fundación Bill Gates se ha sumado a la financiación, consciente, muy posiblemente, de que este desarrollo tenga grandes aplicaciones en países en vías de desarrollo.

Hasta que algunos de estos trabajos vean la luz comercial, los fabricantes deberán seguir optimizando los recursos con los que cuentan. Así, un avance como el de las pantallas curvas ha permitido, por ejemplo, a LG con su G-Flex, lograr una batería algo más grande. Por otro lado lado, siempre se puede avanzar en el software. «De nada te sirve tener un teléfono muy potente, si luego el dispositivo no tiene una lógica implementada para controlar los recursos que necesita usar el teléfono en cada momento», continúa Díaz. «Todo es cuestión de equilibrio», sentencia.